Por Ana Salazar Cabarcos
¡Ay!
Qué dolor tan grande
me da verte niño de mis amores;
cómo sufro al respirarte,
y doy suspiros al contemplarte.
¡Ay!
Qué pena tan honda
me da escucharte niño de mi alma;
cómo lloro por no tocarte,
y voy tocando para
encontrarte.
¡Ay!
Qué soledad tan fría
me da pensarte niño de mis recuerdos;
cómo duermo para soñarte,
y voy soñando por cualquier parte.
¡Ay!
Qué risa tan loca
me da amarte niño de mis cariños;
cómo grito para llamarte,
y voy llamando sin escucharte.
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