¡Pásele! ¡Pásele!
Por Anna Salazar Cabarcos
Desde aquellos remotos años de 1520, la que es ahora la capital del país
ya estaba convertida en el corazón comercial de México. Allí, los aztecas
practicaban el ¨trueque¨: que consiste
en intercambiar sin el uso de dinero, productos y servicios. Para las distintas
transacciones se utilizaban también una especie de pañuelos o manteletas
tejidas de algodón: el "cuauchtli"
con valor de 65, 80 ó 100 granos de cacao, según la época.
Para transacciones menores, se utilizaban como moneda: tachuelas de cobre, plumas raras y canutillos de pluma con polvo de oro.
Para transacciones menores, se utilizaban como moneda: tachuelas de cobre, plumas raras y canutillos de pluma con polvo de oro.
Cinco siglos después se sigue
manteniendo la tradición. En las calles aledañas a la Plaza de la Constitución,
conocida popularmente como Zócalo (una de las plazas más grandes del mundo en donde habitualmente tienen
lugar eventos políticos, marchas de protesta, conciertos, desfiles y actos
oficiales), comerciantes locales y otros, venidos de municipios cercanos llegan a
ofrecer sus productos. Lejos quedaron los intercambios de maíz y frijol, de
gallinas y cacao.
Hoy, las calles están plagadas de productos ¨made in China¨, chucherías
de ¨gringolandia¨, artesanías hechas de jade y bellas piedras con cintas de
cuero, Robocop, Capitán América y Batman haciendo mejor trío que Los Panchos,
posando con sus trajes guangos y músculos de hule espuma mal cosidos que tras
una ¨cooperación¨, posan con los pequeñines para la foto del recuerdo. Aztecas
con tenis Nike ejecutan danzas prehispánicas y por 10 pesitos, te hacen una
¨limpia¨ soplándote incienso y frotándote ramas de pirul por todo el cuerpo,
para alejar a los malos espíritus.
En Isabel la Católica un hombre
disfrazado de El Papa con sus respectivos paleros, hace señas obscenas para que
los “anti católicos” se saquen fotos, invitando a la gente a sumarse a su religión,
al club de Dios al que pertenecen so
pena de no entrar a su paraíso discriminatorio y más falso que una moneda de 3
pesos.
Por allá se pasea una ¨Monster High¨ viviente ofreciéndose a pintar las
caritas de las pequeñas fans de las muñecas. Los cilindreros dejan libres las
notas musicales mientras dan vueltas a
la manivela, estirando el sombrero en la pesca del billetito que ayude a matar
el hambre.
Las “Marías”; fieles a las amplias y esponjadas faldas, a las blusas
bellamente bordadas, deambulan en grupos acarreando a niños con caras tristes,
sin esperanzas, de mirada dulce que siguiendo la tradición de los padres, no van
a la escuela para aprender a leer y escribir, se conforman con hacer cursos intensivos en la
escuela de la vida en donde aprenden a pedir “para un taco”, a llorar cuando
pase alguien con cara de turista, a buscar un albergue para pasar la noche o
una buena marquesina en la cual cubrirse de las torrenciales lluvias que por
naturaleza, azotan al antiguo Valle de Texcoco.
“¡Pásele! ¡Pásele! ¡No le dé pena preguntar! ¡Más pena le debe dar traer
ésas garras!” Grita un vendedor de ropa “de paca” apilada encima de un plástico
en el suelo.
En la explanada de El Zócalo se lleva a cabo un concierto, las voces se
entremezclan en el aire: en inglés una chavita aspirante a estrella canta canciones
de Taylor Swift a todo pulmón, y a mi costado unas indígenas van platicando en
dialecto, mientras enfrente un grupo de “fresas” exclaman maravillados que esto
o aquello está “¡padrísimo!”, como si anduvieran de expedición por un país lejano
y no en el que viven gobernado, quizás, por sus “papis”.
Mangos con chile, tlacoyos, tacos de chorizo, “merengues”, aguas
frescas, pepitas… todo ahí, a tu paso.
Las lonas de colores manchan las calles de cantera gris, los policías
juegan el juego de “el gato y el ratón” con los ambulantes que organizados, colocan
estratégicamente vigías que portan
radios Motorola y celulares para ir avisando por dónde van los “polis”, que
ridículamente cumpliendo con la ley (y digo ridículamente porque hasta la
persona más estúpida se da cuenta que ambos están jugando), peinan a pie las calles en busca de los ambulantes para
confiscar sus artículos, seguidos por una camioneta oficial . Se da la voz de
alarma por los radios, con gran maestría los vendedores enrollan los plásticos
con la mercancía y corren con sus bultos a esconderse en los negocios vecinos
que les sirven de refugio. Pasa la policía tranquilamente, todos se hacen
disimulados, no bien han avanzado diez metros vuelven los plásticos a
despanzurrarse con bolsos, maquillaje, juguetes de peluche, y por alguna razón
mágica, inexplicable, los policías están impedidos de girar la cabeza para
descubrirlos. Cinco minutos dura la tensión, entonces…
“¡Pásele! ¡Pásele! ¡Sale señora, sale señito! ¡Aquí le traemos su pan
calientito!” “¡Pásele güera, qué va llevar, que le
pongo, vara, vara!” “¡Pásele
marchanta por su rica fruta! ¡No se quede con el antojo sino el chamaco le va a salir
con cara de chicozapote!”
Un canario sale de la jaula para
darte un papelito con tu suerte…
México exótico, cosmopolita,
mágico, único, irreverente frente a la muerte, apasionado de la vida, ferviente
de fe, religioso y místico, colorido, de miradas dulces, voces amables, con
abrazos gratuitos, donde el amor y la pasión
se desborda en su arte, su gente… ¡Pásele!
¡Pásele!
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