Por Ana Salazar Cabarcos
“¡¿En dónde está Dios?!” Se pregunta el ateo, el agnóstico, el incrédulo y el creyente.
“¡¿En dónde está Dios?!” Se pregunta el ateo, el agnóstico, el incrédulo y el creyente.
Dios existe en todas partes, a veces, más en la mente de los que “no creen”, porque dedican parte de su
existencia (algunos de manera obsesiva) a tratar de explicar porque, según ellos,
Dios no existe: quizás es la jocosa manera que tiene Dios de hacerse presente en sus vidas.
Muchos “no creyentes”, en sus últimos
momentos de vida hacen alusión al Creador, o en momentos de peligro. Esto me
hace recordar un día que me encontraba en un edificio de 25 pisos en Los Ángeles,
California. Trabajaba en un programa de radio ubicado en el último piso, de
pronto, un fuerte temblor comenzó a
sacudir la tierra, el edificio que seguramente tiene una base hidráulica, se movía
como péndulo de reloj. En uno de los grandes ventanales pude ver como se balanceaban
los altos edificios de enfrente:
aterrador.
Rápidamente, me quite las zapatillas
y descalza, corrí hacia las escaleras de emergencia, en donde piso a
piso se iba sumando gente. Me temblaban las piernas, quería volar, esos 25
pisos se me hicieron eternos.
Al llegar a la planta baja, me congregué
con mis compañeros alrededor de una fuente en un jardincito de afuera. Pasado
el susto y recobrado el color, empezaron las burlas: yo iba descalza y se reían
porque dijeron que me vi muy chistosa aventando el bolso y los zapatos para
salir corriendo, pero especialmente reímos porque un compañero, que siempre
renegaba de la existencia de Dios y se ufanaba de “ser ateo”, al que le gustaba
debatir con quien creía, ese día, en
cuanto empezó a temblar, entre el zarandeo que traíamos en el piso 25… ¡fue el
primero en comenzar a rezar! “¡Diosito chulo, sálvame por favor!”.
Y así, me sé muchas
historias de “no creyentes”.
Dios está presente en el flujo de la
sangre, en los ventrículos del corazón, en la configuración de las células, en
la electricidad de las neuronas.
Dios, se hace presente cuando abres
los ojos cada mañana, existe en tu subconsciente aunque tu libre albedrío no
quiera reconocerlo.
Dios se manifiesta en el amor que
sientes por tus padres, hermanos, por tu pareja, tus hijos, por el amor al prójimo,
a la naturaleza.
Dios es quien te lleva de la mano
para ofrecerle ayuda al necesitado: a través tuyo da el pan, el agua, abrigo y
un abrazo de consuelo a quien lo necesita.
¿Tienes que verlo físicamente para
creer? ¿No te basta ver la maravilla de los amaneceres y atardeceres desfilar
frente a ti, sin descanso? ¿No es suficiente saber que vivimos en un universo
infinito, en un planeta que cuelga como una esfera en un árbol de billones de
planetas brillantes como luciérnagas en medio de la noche? ¿Cómo lo explicas?
Si la ciencia no ha encontrado la cura a algo tan terrenal como la diabetes, al
cáncer, al VIH… ¿Cómo pretende negar la existencia de Dios y explicar la creación
del universo? ¡Es ridículo!
La gente que “no cree” culpa a Dios
de las desgracias: de las enfermedades, de la pobreza, de los accidentes, de
los cataclismos y desastres naturales, sin aceptar su responsabilidad, sin
admitir que somos nosotros en gran medida, los causantes de todos los males que
aquejan a la humanidad.
Dios no tiene la culpa de que
elijamos gobernantes tiranos, represores, corruptos que tienen hundidos a sus pueblos
en el hambre y la pobreza. Ni tiene la culpa de nuestros vicios, de nuestras
carencias afectivas, emocionales, culturales, morales. No tiene nada que ver
con nuestra decisión de destruir al planeta y con la estúpida idea de querer
someterlo a nuestros caprichos, tratando de adaptarlo a nuestras necesidades.
Esto último me hace recordar un documental que vi sobre Venecia, ciudad
italiana construida artificialmente sobre un lago, que desafortunadamente se está
hundiendo y los científicos están muy preocupados pues vislumbran una catástrofe…
¿Dios tendrá la culpa? O ¿Dios tiene la culpa de que la gente se asiente en las
faldas de volcanes altamente peligrosos? ¿De los terremotos propios de un
planeta vivo, de los tsunamis, de los eclipses? ¿Es culpable acaso de que un
hombre alcoholizado estrelle su auto contra otro robándole la vida a una
persona inocente? ¿Dios es culpable de que en una noche de juerga, en un
momento de placer una mujer salga embarazada y cometa un crimen cada vez más común
llamado “aborto”? ¡Dios, Dios, Dios! Siempre será el culpable de nuestro mal
uso de la libertad, de las circunstancias causadas por nosotros, por otros, por
nuestras irresponsabilidades.
En nuestra condición tan primitiva de
“humanos”, somos insaciables y no tenemos la conciencia de admirar y valorar la
grandeza de estar vivos, de experimentar (por el tiempo que tengamos destinado) con agradecimiento la gran aventura y oportunidad de existir. Pretendemos ser inmortales, vivir en
un paraíso creado con nuestra imaginación influenciada por Hollywood.
Dios va más allá de nuestro
entendimiento.
Dios no se ve… se siente.
A Dios no se le busca explicación: se le deja fluir
dentro de uno mismo.
La fe, es creer que lo que es, es: simplemente
un regalo que no tiene cualquiera.
Debemos tener a Dios presente no sólo
en los reclamos, en las desgracias, en el peligro, en los fracasos, en la
enfermedad y los reproches: debe estar presente también en las alegrías, en los logros, los éxitos, en la salud, en la
seguridad, el bienestar y nuestro hogar,
debemos mostrar agradecimiento en todo momento por el simple hecho de existir.
Tú, que “no crees”, eres más creyente
de lo que te gustaría imaginar.
Tú, que crees… practica tu amor a Dios cada día, a través de
tus actos: “Por sus frutos los conoceréis” .
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