Ana Salazar Cabarcos
Cada día que ha pasado en su vida, yace en forma
de hoja en la tierra mojada, que como el tiempo, absorberá su esencia y la
devolverá en forma de nueva vida, de aspecto diferente: quizás hecha hongo,
pasto, o flor.
El tronco majestuoso se yergue solitario,
sólido, seguro de sí mismo, porque los años le han dado fortaleza. Las raíces
como tentáculos de madera escarban y se entierran en lo profundo, como anclas.
Sus brazos se extienden gloriosos: desnudos en otoño o vestidos de verde en
primavera. Él no necesita de nadie para ser lo que es. Las inclemencias del
tiempo, los insectos y parásitos pudieron herirlo en la niñez, cuando no era
más que una rama debilucha y temblorosa, o en la adolescencia, cuando su
cabellera no era tan frondosa y aún, corría peligro de ser llevado por el
viento. O en la edad adulta quizás, pero hoy, la piel de corteza gruesa es eficaz armadura.
Él, no necesita de otros árboles para ser
feliz, porque la felicidad se la dan los pájaros que hacen nidos en sus entrañas, las mariposas que
reposan en sus hojas, los enamorados que se susurran juramentos al oído, los niños
que ríen a carcajadas al columpiarse en sus ramas, o los ancianos que se
sientan a sus pies, a descansar, a recordar el ayer. Es amigo del viento que lo
sacude juguetón, de la lluvia que le baña el cuerpo, del Sol con quien en complicidad, hace sombra.
Algún día dejará de sacar hojas de su costal
escondido en la barriga, se volverá gris, marchito, seco, y como estatua de
piedra quedará de pie, pero hueco.
Hoy aún es rey altivo, jerarca del campo y de
los bosques, director de orquesta, amante de los rayos, padre de la fresca
sombra, cobijo de los secretos, cuna para los que nacen, pizarra para los que de amor mueren… es un árbol, un árbol.
hermoso y sugerente, el árbol firmemente plantado en la tierra mojada, el contraste es poético y la imagen natural.
ReplyDeleteGracias por leerme y dejarme lindos comentarios siempre, bella amiga. Besos y abrazos!
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