Por Anna Salazar Cabarcos
Son las 8 de
la mañana y en uno de los parques de South Pasadena, California, comienzan a
llegar una a una las “nannies”( o niñeras, en español), empujando sonrientes
las carriolas con sus preciados tesoros dentro: envueltos en tibias cobijas,
como capullos de mariposa.
Se estacionan
en batería y van a reunirse en la banca que descansa bajo un hermoso y frondoso
pino. Con amor destapan a los pequeños ansiosos de gatear, de ir con pasos
tambaleantes a las escaleras que se ven eternas para ellos, y dejarse caer
maltrechos por la resbaladilla, seguros de que una mujer de piel canela y ojos
oscuros, los estará esperando al final, festejando con gran algarabía la proeza
infantil: “¡Así se hace, mijo!”
Rubio de
grandes ojos azules es el travieso Michael, de ojos rasgados y pelo lacio,
negro, es la adorable Kumiko, el pelirojo Dexter y con sus rizos dorados,
Johan: Donovan, Philip, Hannah, Tylor.
Y Lili,
Zulma, Carmen, Lupe, María, Carmela, Toña o Tere los ven ilusionadas, como si
esos niños fueran de ellas, como si los
hubieran parido: los llenan de besos que son correspondidos, se funden en
abrazos y les hablan con dulzura en español que los pequeños entienden, pues a
veces pasan más tiempo con las nanas que con sus propios padres.
Ellas son cómplices,
maestras, protectoras, refugio, fuente inagotable de amor, de cuidados. Cada
niño y niña tiene bien ubicada a su “nannie”, si por alguna razón se distraen y
la pierden de vista, en sus ojitos se ve la angustia y viene el llanto, desesperado,
que no tarda mucho pues su cuidadora siempre ha estado cerca, y el pequeño
asustado corre a abrazarla, a acurrucarse en sus brazos como si ella, fuera su
madre.
Un círculo de
sobrevivencia necesario: los adinerados lo son en parte, porque la totalidad de
su mente está enfocada en hacer dinero, negocios, juntas de trabajo, giras,
viajes, tener fortuna es una prioridad
en su vida. Los niños son absorbentes, necesitan paciencia, horas de
entrenamiento, es un trabajo sin reconocimiento, desvalorizado, anónimo,
silencioso…para eso están las “nannies”. Ellas trabajan dando amor y cuidados a
niños que no son suyos, para llevar el
sustento a casa, en donde sus hijos esperan
a la madre que continuará con su encomienda de amor interminablemente.
Atrás del
famoso y rico, del político o la artista,
del magnate o la millonaria de moda, hay una nana, generalmente latina,
criando a sus hijos.
Las “nannies”
les cambian los pañales, a los futuros hombres y mujeres que formarán parte de
la sociedad pudiente de Estados Unidos, los enseñan a caminar, los curan, los
alimentan, pasan largas horas riendo y jugando con ellos. Uno de éstos niños que
corre hoy por el parque seguido por María o Consuelo, será quizás mañana presidente
del país, senadora, un famoso pintor o una estrella de cine.
Si atrás de una familia norteamericana, de buena posición social, adinerada, hay una nana latina haciéndose cargo de sus hijos, me pregunto…Señoras y señores: ¡¿Cómo,
cuándo, dónde comienza el racismo?!
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